Crítica a 'La Odisea': Christopher Nolan tensa el arco de Ulises con solemne épica.


 

Dos recuerdos de infancia, uno especialmente nítido para toda una generación, comprendida para los nacidos entre mediados de los 70, y finales de los 80 del siglo pasado, el otro, surgido en un entorno doméstico personal, cinefilo y privilegiado, grabaron en la conciencia colectiva el poema griego más famoso de Homero, con permiso de La Ilíada, con el cual está directamente relacionado. 

El primero fue Ulises 31, aquella serie de dibujos animados, (llamado manga más tarde por los entendidos) creada para el formato televisivo, que trasladaba la acción a ese Siglo XXXI del título, en toda suerte de Space Ópera que en este caso, enviaba a sus protagonistas, perdidos por el espacio, a navegar por el vacío profundo buscando el camino a casa, y cuya emisión dejó sin duda un enorme impacto emocional, en todos los que pudimos disfrutarla entonces.

La otra referencia, ya en el terreno de lo cinematográfico, era Ulises (1954), de Mario Camerini, un Peplum rodado como vehículo de lucimiento de un Kirk Douglas siempre canalla e imperial, que muestra esa capacidad practica de los realizadores italianos para hacer mucho, sin los grandes presupuestos de Hollywood, pero con enormes dosis de creatividad y talento.

Avanzando en el tiempo, y gracias a los conocimientos adquiridos, fue más fácil reconocer las adaptaciones homéricas muy libres sobre el personaje, que nos trajo el cine contemporáneo a principios de siglo, entre Oh Brother! (2000), de los Hermanos Coen, que trasladaba la historia bajo el irreverente estilo de sus geniales creadores, al profundo sur norteamericano en la época de la gran depresión, y Cold Mountain (2003) de Anthony Minghella, la cual retrocedía unas pocas décadas más en la memoria yanki, hasta la Guerra de Secesión, para ejecutar un estimable neo Western con aroma a clásico.

Tras el apabullante triunfo, a todos los niveles, que supuso Oppenheimer, Christopher Nolan podía ejecutar libremente la maniobra fílmica que le diera la gana, y como suele ocurrir en estos casos, la típica ambición de adolescente del realizador, por adaptar La Odisea de Homero, le lleva a perpetrar una superproducción de 250 millones de dólares, que además, supone el primer trabajo cinematográfico de la historia rodado íntegramente con cámaras Imax de 70 mm, lo cual expone a tan reconocible poema de la cultura clásica, al más rabioso vanguardismo técnico de la actualidad.

Convencido de su importancia capital como relato, que de algún modo, y segun palabras textuales del propio realizador, contesta preguntas clave para el ser humano sobre la guerra y el regreso a casa, el largo viaje de Ulises y sus hombres, una vez finalizada la Guerra de Troya, busca esa lectura universal sobre los conflictos armados del hombre y sus consecuencias, independientemente del carácter mitológico que arroja a la cinta al terreno de la fantasía épica, aquí se impone la mirada de un autor, siempre preocupado por buscar un envidiable equilibrio entre lo solemne, y el puro espectáculo que ante todo, estimule y entretenga a un público, que si ya va predispuesto como miembro del culto nolanista, encontrará la travesía bastante más placentera.

Mostrada de forma episódica, desde la Guerra de Troya, con el posterior castigo de los dioses, pasando por los problemas domésticos en Ítaca, hasta el desenlace final, la cinta recorre, apostando por escenarios reales de diferentes paises, y efectos prácticos tradicionales, los diferentes encuentros con el peligro constante, desde el masivo Polifemo, a las insidiosas sirenas, o la embaucadora Circe, entre otros, logrando momentos deslumbrantes en lo visual, impregnados de esa energía que suelen aportar el realizador, que incluso de guarda una valiosa lectura sobre la caída de las civilizaciones por el exceso de belicismo, y de cómo el hombre no aprende nunca de sus errores.

En los apartados técnicos, destacan la cuidada fotografía de Hoyte van Hoytema, y la banda sonora de Ludwig Göransson, dentro de un envoltorio estético apabullante, que sin duda merece una primera oportunidad casi obligada en la gran pantalla, envuelta en la oscuridad de una sala, (preferiblemente Imax) siendo una de esas ocasiones en las que se  justifica con creces, el pagar una entrada de cine.

Se merecía Matt Damon un protagonista, tras haber trabajado para el realizador en Interestelar, o la más reciente Oppenheimer, papeles de reparto que formaron un vínculo, que ahora queda expresado en máxima complicidad, donde el actor cumple sobrada y esforzadamente como Odiseo, guiado por un realizador que contra viento y marea, cree en su elección de casting desde la cúspide a la base de su pirámide interpretativa, con una representación del Hollywood de ayer y hoy, donde pocos han querido faltar a la cita. Desde Anne Hathaway, a Charlize Theron, pasando por Zendaya, Lupita Nyong'o, o Samantha Morton, entre ellas, y de Tom Holland a Robert Pattinson, en un espacio que incluye a Elliot Page, John Leguizamo, o Joe Bernthal entre los perfiles masculinos, la mayoría de actores encajan en sus diferentes roles por la fe y la constancia de un Christopher Nolan, que si bien ya había trabajado previamente con la mayoría, empuja al límite con su entusiasmo a un reparto, que sale airoso de tan arriesgada empresa.

Finalmente, y más allá de su enorme y contrastada capacidad visual y narrativa, La Odisea recupera ese gusto por la aventura, utilizando el mayor altavoz que proporciona esa fábrica de sueños que siempre ha sido el celuloide, y esto en manos de un amplificador de ilusiones como Christopher Nolan, son palabras mayores, por mucho que las polémicas, que por otra parte siempre han acompañado a todos los grandes realizadores de la historia del Séptimo Arte, o algunos desajustes anárquicos propios de un metraje algo extenso, a veces tensionado como el arco del propio Ulises, quizá por el peso de la responsabilidad, no dejen ver a algunos que cada título que suma el director británico, es motivo de celebración, y referencia inevitable de cualquier tertulia cinefila futura, básicamente, por convertir un relato clásico de casi tres milenios de antigüedad, en toda una experiencia cinematográfica innovadora y plena de actualidad, un trabajo dotado de solemne épica, que seguramente, haría sentirse orgulloso al mismísimo Homero, tal es el compromiso y la capacidad de la producción, para alcanzar su incuestionable eco entre las mejores películas del año.






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