Crítica a El Día de la Revelación: Spielberg equivoca el tono y aleja todo posible entusiasmo.

 

Si algo distingue la trayectoria de Steven Spielberg en algo más de medio siglo tras la cámara, es sin duda el haber creado tendencia con los temas que trata como realizador, y precisamente uno de los más reconocibles, abordado desde varios puntos de vista casi desde el principio se su carrera, es el asunto extraterrestre, sujeto activo del género de ciencia ficción, con el que el entonces llamado Rey Midas de Hollywood ha sabido entusiasmar a veces, y frivolizar otras, a veces casi sin término medio.

La ansiedad por el primer contacto con otra civilización, mirando hacia el universo, lleva al realizador a incidir de nuevo, a partir de su propia historia original, en una mezcolanza de tendencias argumentales, que transita por algunos de sus títulos más recordados, recientes y pasados, al que también añade ese gusto por el thriller de espionaje, donde se permite añadir esas notas de tensión tan genuina a la causa de un relato atractivo en origen, y muy de actualidad desde que ese anormal, que hoy ocupa el despacho oval de La Casa Blanca, se haya supuestamente animado a desclasificar todos los archivos secretos, sumados durante años, referentes al tema alienígena.

Una vez más, Steven Spielberg vuelve a contar con David Koepp, en este caso como coguionista, un recurso que el realizador contempla como algo tranquilizador, pero que en muchos aspectos, expone falta de riesgo, Koepp es guionista mediocre, generalmente rutinario en su trabajo, aunque si hablamos de entusiasmo, si que parece compartir esa complicidad necesaria con Spielberg, como para que vuelvan a reincidir en el tiempo con una nueva colaboración.

La entropía al poder, aplicado como segundo principio de la termodinámica, mide el grado de caos que existe en la naturaleza, y por extensión a un universo a cada instante más desordenado, una reflexión aplicable a la arquitectura del propio film, por diversas razones, pero la principal reside en plantear, si verdaderamente estamos preparados para tener ese primer contacto extraterrestre, teniendo en cuenta la propia naturaleza humana, egoísta e inmadura, un hecho que debería despertar fascinación y máximo interés, pero que por desgracia, parece que nos arrojaría más bien a un escenario de terror y máxima inseguridad, al menos en las altas esferas.

Un planteamiento atractivo, que acaba tristemente perdido en una serie de malas decisiones, y planteamientos muy torpes, como el que establece entre ciencia y religión, por mucho que Spielberg se esfuerce con su habitual estilo de prestidigitador elocuente, su ingenuidad recuerda por momentos, a las estúpidas aventuras de aquella repugnante tortuga terraformada, obscenamente cuellilarga, de cuyo nombre no quiero acordarme, y con la que comparte una sensibilidad evidente, aunque por el metraje transiten ecos de otras como La Guerra de los Mundos, (de la que Koepp era también guionista) e incluso de Inteligencia Artificial, títulos menores del realizador, que adolecen precisamente del mismo enfoque erróneo.

En cualquier caso, si por algo destaca El Día de la Revelación, es por su imponente fondo técnico, con un montaje adecuado y vibrante, y un trabajo de fotografía muy dinámico, planteado por Janusz Kaminski, uno de los colaboradores habituales del realizador, aunque hablando de habituales, si alguien ha ligado su trayectoria casí de forma indivisible a la de Spielberg, ese es el maestro John Williams, en la que podría ser su última partitura para cine, en una composición reconocible, que despierta la máxima nostalgia y ese entusiasmo, que el film no sabe alcanzar con el resto de sus elementos, tal es la importancia capital del que seguramente, es el mejor compositor de la historia del Séptimo Arte.

En el reparto, Emily Blunt protege implicada, desde su estatus de estrella, la emergente figura de un Josh O'Connor cada vez más esforzado en ser la sensación del momento, con el, que comparte una química curiosa, bien trabajada a tres bandas entre ellos mismos y el realizador, mientras que actores de la talla de Colin Firth o Colman Domingo, aportan desde el plano secundario esa presencia necesaria para dar consistencia interpretativa a la producción.

Finalmente, El Día de la Revelación no posee argumentos suficientes, para engrosar el grupo de obras memorables de Steven Spielberg, pero al menos puede servir para recordar a toda una generación, o a varias, que un estilo tan particular de contar historias, siempre entre lo clásico y lo moderno, portador de ese vibrante entusiasmo de un autor, y que siendo honestos, nunca se ha traicionado a sí mismo, está más cerca de llegar a su fin, al menos en su versión más genuina, algo que debería hacernos reflexionar sobre su valor incontestable como autor, el de ese adolescente que hace décadas recogió el testigo de manos directas del mismísimo John Ford, y que hoy se erige, de igual a igual, como uno de los directores esenciales en la historia del cine norteamericano.





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